Esa noche, mientras caminaban de regreso a casa, Peeta le preguntó:

Peeta viajaba a menudo al Distrito 11 para ayudar con los huertos conmemorativos. Él plantaba rosas, sí, pero también girasoles, caléndulas y nomeolvides. Flores que no olían a muerte. Flores que podían crecer sin miedo.

Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió. No era una sonrisa de victoria. Era una sonrisa de mañana.