Había una vez, en un edificio de colores pastel, un niño llamado Mateo. Mateo tenía 7 años, una mochila con forma de tiburón y un vecino muy especial: el señor Ramón.
El señor Ramón vivía justo al lado. Siempre usaba pantuflas de osito, tomaba café en una taza que decía “El rey de la siesta” y tenía un bigote que parecía un gato dormido. Mateo lo adoraba porque el señor Ramón siempre inventaba juegos raros.
Mateo apretó. El sillón soltó un sonido de ¡pffffft! y lanzó un chorro de chispitas de colores que aterrizaron suavemente en el tendedero de la azotea. Allí colgaban las medias de rayas del señor Ramón y un par de calzones con estampado de sandías.
—En el sótano —mintió el señor Ramón con una sonrisa cómplice—. Jugando ajedrez con las arañas. my hot ass neighbor 7 -espanol completo- - Poringa-
—¿Volar? —preguntó Mateo, confundido—. Pero si no tengo alas.
—¿Dónde estaban? —preguntó ella, arqueando una ceja.
—No se necesitan alas —dijo el señor Ramón—. Solo un sillón viejo, mucha imaginación y un poco de azúcar (pero el azúcar es para el té después). Había una vez, en un edificio de colores
—¡Señor Ramón, nos caemos! —gritó Mateo.
El señor Ramón arrastró su sillón mullido, ese que tenía un resorte saltarín y una mancha con forma de nube. Lo puso en medio de la sala. Luego, con un plumón mágico (que en realidad era un marcador permanente de la farmacia), dibujó botones en los apoyabrazos: 🚀 Despegue, 🌪️ Turbo y 🍕 Modo Pizza (por si tenían hambre en el aire).
—¡Señor Ramón, me aburro! Mi mamá dice que no puedo ver más pantalla porque me crecen los ojos cuadrados. Siempre usaba pantuflas de osito, tomaba café en
Moraleja estilo Poringa : La mejor aventura no está en una pantalla, sino al lado, donde vive alguien dispuesto a volar contigo en un sillón viejo. Y siempre, siempre, hay que llevar calcetines puestos.
Sobrevolaron el parque donde los perros ladraban sorprendidos. Pasaron por encima del kiosco de don José, que vendía elotes y les lanzó un puñado de palomitas de maíz para celebrar. Vieron a una señora colgando sábanas que parecían fantasmas flacos, y a un gato naranja que les hizo un gesto con la pata como diciendo “¡bájense, locos!”.
Bajaron las escaleras riendo, con las rodillas un poco temblorosas y el corazón lleno de aire fresco. La mamá de Mateo los recibió con una bandeja de galletas recién horneadas.