“Ramón, ¿qué haces aquí?” La voz de Lucía lo sacó del trance. Ella estaba de pie en la puerta, con su cuaderno bajo el brazo y una determinación que le recordaba a los viejos tiempos.
“¿Otra ronda?” le preguntó el camarero, mientras le servía un vaso de malbec. Ramón asintió, pero su mirada no estaba en el vaso. Era el sonido distante de una pistola lo que resonaba en su cabeza, un eco que llevaba años sin escucharse. El Gatillero
La lluvia golpeaba los adoquines como una percusión improvisada. Ramón se apoyó contra la fachada gastada del Café Tortoni y observó cómo la gente pasaba, sus sombrillas formando un mar de colores apagados. El olor a café recién molido se mezclaba con el humo de los cigarrillos y el murmullo de una milonga que se escapaba por la ventana del segundo piso. “Ramón, ¿qué haces aquí
La carta había llegado esa misma mañana, deslizada bajo la puerta de su apartamento. No tenía remitente, sólo una foto: una mujer de treinta años, el rostro iluminado por la luz de un estudio fotográfico. Sus ojos, sin embargo, eran los de la niña que había sostenido entre sus brazos una noche de noviembre, cuando los balas cruzaron la calle y la vida se volvió una cuestión de segundos. Ramón asintió, pero su mirada no estaba en el vaso
Ramón se ha convertido en una figura de leyenda urbana: el “vigilante de los callejones”, el hombre que aparece cuando la justicia oficial se queda corta. Sin embargo, su vida da un vuelco inesperado cuando recibe una carta anónima que dice simplemente: La misiva contiene una foto de la misma niña que salvó aquella noche, ahora adulta y con una sonrisa que oculta un secreto.