Lucas llevaba tres días mirando por la ventana de su cocina a la misma hora. Cada tarde, puntual como un reloj roto, la nueva vecina del 3°B salía a regar sus suculentas en el balcón. Su nombre era Valeria, y para Lucas, cada movimiento de ella era poesía en cámara lenta.

Here’s a fictional scene continuation:

Pero Lucas no escuchaba razones. Ya había planeado todo: le escribiría una carta con perfume a gasolina (porque no tenía otro), tocaría su puerta con una flor robada del jardín de su mamá, y le declararía su amor eterno. El problema comenzó cuando, al subir las escaleras del edificio con el corazón en un puño, escuchó dos voces detrás de la puerta de Valeria.

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